viernes, 21 de enero de 2011

Se alquila Plaza Municipal - Parte 2 o epílogo sin final

La Feria del Trigal 2010, f. del autor
Todos aquellos que pasaron por las avenidas San Martín y Miguel Grau en Barranco, a la altura del Parque Municipal antes y durante la época de navidad, fueron testigo de una lucha – o más preciso, de una guerra urbana- ejecutada a través de instrumentos simbólicos en forma de comunicados, paneles, pancartas, cintas, comentarios en facebook, blogs, y relativamente pocos artículos en prensa o reportajes en los medios hablados y televisados. Este comentario parte de uno anterior y va, en esta ocasión, en tono personal para, desde una perspectiva metodológica, llevar a la práctica el principio de la intersubjetividad en la observación de nuestro propio entorno.

Como cualquier mortal al que le gusta vivir y caminar por Barranco, me vi envuelto y confundido en este desencuentro urbano que es también un ejemplo o metáfora de cómo hacemos entre todos nuestra ciudad. O más bien, como insistimos en deshacerla. Escribí por eso en diciembre del año pasado un post con una crítica ácida a partir de la versión 2010 de la Feria del Trigal sobre la manera profundamente disfuncional en que hacemos uso de nuestros espacios públicos en la ciudad.

Luego de la protesta de muchos, mayormente a través del internet, aparecen carteles, afiches y cintas, cercando la feria a medio terminar, y que hacían referencia a una resolución que la prohibía. Esta situación se mantuvo por algunos días, en los que parecía que la formalidad y el estado de derecho se impondrían. En algunos stands se pudo ver, incluso, que comenzaban a desinstalar las conexiones eléctricas. Sin embargo, faltando ya poco para los días cumbre de la campaña navideña, de un día al otro desapareció todo rastro de esta intervención de la fuerza pública. Y poco después se pudo ver que los stands comenzaban a ser decorados y llenados con mercancía.

En los días de navidad finalmente, la feria funcionaba mal que bien, pero quedaban muchos kioscos sin ocupar o sin terminar. Y es aquí donde yo también terminé perdiendo. Perdí porque no pude ser consecuente con mi posición crítica de ciudadano ilustrado. Mi plan era ignorar la feria, hacer mi vida urbana como si esta no existiera, ir a comprar pan, a la farmacia, al banco, al Juanito, hasta a misa, es decir: seguir mi vida como siempre. Pero caí, con los ojos abiertos y resignado.


Víspera de Navidad: a las siete de la tarde, crucé la calzada y me adentré en la Feria del Trigal, en ese momento, bazar en la mejor tradición de esta palabra. Y lo peor que me pasó es que lo disfruté, la pasé bien caminando entre muchísima gente y viendo montones de cosas interesantes y bonitas. Incluso adquirí un bien de poco uso práctico. Sin embargo mantenía mi malestar cultural (Unbehagen der Kultur) – como posiblemente me lo describiría S. Freud, si aún viviese, y si nos visitara y si él me conociera. Y este malestar indefinido fue compartido. Al pasear pude escuchar a una persona disculpándose ante otra con pinta de extranjero (cómo saberlo hoy en día con seguridad). Le explicaba que la plaza solía ser mucho más bonita en días normales. Regresé a casa irritado con la gente de la Feria del Trigal, con el aun alcalde, con la ciudad, conmigo mismo. ¿Por qué no podía sentirme bien con mi crítica y al mismo tiempo contento con haber disfrutado de la feria?

Navidad y año nuevo pasaron, la feria desapareció rauda con el primer día del año 2011. Pero queda la moraleja. Al final todos perdieron: la feria del Trigal perdió el buen nombre obtenido por tantos años de tradición; las personas que se entusiasmaron por la idea y que entregaron seguramente montos considerables a los organizadores y que sufrieron la improvisación y desconsideración de éstos y por parte de la municipalidad liderada por el señor Mezarina.

Y también los vecinos, que vieron complicada su vida cotidiana; la población que se demoraba aún más en sus recorridos en el eje norte y sur de la ciudad que insiste en fluir por las ya sufridas alameda Pedro de Osma y las avenidas San Martín y Miguel Grau. Y también perdieron los turistas de ciudades, nacionales o extranjeros, que entre tantas luces navideñas nunca pudieron conocer el romanticismo barranquino.

Sin embargo, en río revuelto siempre hay ganancia de pescadores. La nueva gestión en Barranco podría por eso comenzar el año con un primer gesto de buen gobierno e informar a su ciudadanía cuánto percibió la comuna por este alquiler de su plaza más importante. Y algún periodista podría indagar y contarnos cuánto gastaron y ganaron los organizadores. Y qué consecuencias debería tener el ignorar resoluciones de instituciones públicas que intentan velar por el derecho de todos, con o sin eficacia.


Ferias navideñas en plazas centrales son una tradición urbana. Es más, en todo el mundo muchas ciudades surgieron a través de la historia justamente por ser el lugar físico de ferias. Y en días festivos, en el Perú como en Alemania, Ghana o China, las ferias tienden a tomar los lugares centrales del pueblo o de la ciudad. Y son fiestas que toda la población espera siempre con ansias.

Una feria navideña en la Plaza Municipal de Barranco, no era en principio un despropósito. Es la manera de imponer y ejecutar lo que irrita tanto. No era necesario ocupar hasta el último centímetro cuadrado. No era necesario llevarla a cabo con tanto silencio. El mensaje se mantiene entonces, lo que necesitamos es sentido común, equilibrio, transparencia y voluntad de cambio. Lo que nos falta es pues, más Glasnost y Perestroika, como nos diría Michail Gorbachov, si nosotros fuésemos rusos.