lunes, 20 de julio de 2015

Noticias de un secuestro o la crónica de una muerte anunciada - el eucalipto del óvalo de la Esperanza

Es extraño cómo dos títulos de García Márquez caben en este intento que quiere comprender lo que pasó el 27 de mayo del 2010 en el óvalo donde coinciden Villa María del Triunfo, San Juan de Miraflores y Villa El Salvador.
¿A dónde se fue el eucalipto que Jaime Miranda Bambarén desarraigó y mudó hacia el óvalo de Villa María del Triunfo?  Las únicas pruebas que quedaron de su existencia son las fotos que Jesús de la Cruz, un amigo del monumento tomó la última noche en que el árbol estuvo en su lugar de residencia. Acción que se contrapone a la acción de otros, que a esa misma hora en que se tomaban las fotos de la destrucción, aparecieron con escaleras, motosierras e instrumentos de soldadura, para desmantelar los elementos físicos que lo sujetaban a la tierra. Esa noche entonces se confrontaban en un mismo espacio dos maneras de recordar y de hablar. Porque el desmembrar un monumento en una acción nocturna, sin que nadie dé luego explicaciones de ningún tipo, es también un gesto. El silencio también es palabra.

La desaparición de un árbol es siempre un hecho triste y en este caso, la rememoración lo es en muchos sentidos más, al tiempo que no lo es, como lo desea el creador del proyecto  Jaime Miranda Bambarén. ¿Cómo entonces recordar sin dejar de reconstruir? Cuatro posiciones parecen existir ante la destrucción de este “Monumento en Honor a la Verdad para la Reconciliación y la Esperanza” cuya construcción impulsó el “Comité Cívico para que no se repita. Lima Sur” desde el año 2005. La primera es de indignación y denuncia; la segunda es de perdón y comprensión, y la tercera es de profunda satisfacción y alivio. La cuarta es, a todas luces: la del silencio. De aquellos que ya no pueden hablar, de los que ya no quieren hablar, pero también de aquellos que nunca quisieron o supieron hablar. Imposible de saber, como es imposible de determinar con exactitud quién ganó con su desaparición. Lo que si queda claro es que todas estas acciones, gestos y sentimientos expresados o guardados bajo siete llaves, abren la puerta al alma nacional.

Noticias de un secuestro o la crónica de una muerte anunciada son por eso dos títulos para un solo ensayo. Esta medida cobra sentido si miramos en nuestro recuerdo al eucalipto sujeto por las tres tenazas metálicas en el centro del óvalo. Era lugar a la vez que cosa. Era un lugar para la memoria y era un objeto que tuvo vida y que luego, mediante la acción del artista, recibió la misión de cumplir con otro nuevo rol. Esa doble existencia, como lugar y como objeto la encontramos en la única lengua que pudimos escuchar: la de los amigos del monumento. Fue  "El Árbol Desarraigado" en el “Óvalo de La Esperanza” si recogemos las notas de prensa y los pronunciamientos. El lenguaje final de sus no-amigos fue el gesto de la motosierra y el de las chispas que saltan cuando se corta el metal. No deja de ser una ironía que lo que un escultor de la madera creó, fuera destruido por un soldador.
Queda claro entonces, que nuestra memoria colectiva carece de un canon o de un súper-yo que lo regule o que nos permita encontrar tolerancia y empatía cuando nos relatamos los recuerdos de épocas compartidas, nos diría si estuviese entre nosotros en el Perú, Pierre Nora.  Pero él es francés, aunque su concepto de los lugares de la memoria (lieu de mémoire) ya tenga múltiples nacionalidades. La guerra interna que desangró por dos décadas el país, la descubrimos entonces también en el óvalo. La noche del 27 de mayo del 2010 tuvo lugar una batalla más, donde lógicas de recordar, irreconciliables entre sí, estuvieron una vez más muy lejos de encontrar el mínimo necesario para convivir.
Seguimos siendo entonces un país de víctimas y victimarios. La guerra nunca terminó: se ha mudado al ámbito de lo simbólico. Sin embargo, también es necesario reconocer que dentro de todo ha habido un pequeño avance: un asesinato continúa siendo mucho más violento que la violencia simbólica de la cual podamos disponer. Y aunque continuamos siendo un país en el que la violencia es muchas veces la solución más rápida a los desencuentros, también es cierto que ya no vivimos en medio de una guerra interna. Somos aún un paisaje profundamente fragmentado, pero Jaime Miranda Bambarén tiene razón: es en estos momentos especiales en los que se puede crecer con los ojos abiertos, por unos breves momentos sin pelear, sin reclamar, sin señalar y sin acusar.  El perdón es el último escalón anterior al estado de paz, pero antes es necesario aprender a tolerar si no se puede respetar.


Y todas estas posibilidades humanas se concentraron en un árbol que sin que fuera su intención, fungió de máquina generadora de símbolos polifónicos. Fue un semiophor, un objeto-ánfora capaz de ser llenado de significados, como puede que nos explicara el polaco Krzystof Pomian.  Y como tal quizá cargase al final, en sus raíces colgantes, demasiadas historias para un eucalipto. Aunque, quién lo puede decir con seguridad. Desde que creció en la tierra que lo nutrió, de la cual fue secuestrado-salvado por el artista, y hasta que fuera cortado y desmantelado por desconocidos, como rezan las declaraciones de las autoridades, nuestro eucalipto, -él mismo desarraigado de su tierra de origen, porque tampoco es una especie oriunda ni autóctona de nuestra geografía precolombina-, debe haber producido sentimientos y pensamientos en toda persona que lo haya visto o tocado.
"Noticias de un secuestro" y  "Crónica de una muerte anunciada", son dos novelas que además sintetizan una mirada humanizada, desde nuestra cultura latinoamericana, a la violencia a la que se atreve el hombre. Si retomamos ese sendero, el árbol desarraigado continúa siendo un árbol para la esperanza.
Martin León G.
Lima, noviembre 2010

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A  modo de recordatorio y nuevo comentario: la discusión sobre cómo debemos, podemos o queremos recordar, y que rol le asignamos a las plazas y calles como espacio público es de larga data y continúa lamentablemente con la misma conocida intolerante virulencia en una enorme variedad de lugares a lo largo de nuestro país. Este texto data del 2010 y fue escrito a raiz del pedido del mismo artista plástico a quién valoro por su sensibilidad y temprana sabiduría. 

Su instalación en un lugar de Lima-Sur, el concepto artístico el cual él diseñó, con el cuál él ganó una convocatoria abierta en el lejano 2007, y que de manera gratamente sorpresiva fue llevada a cabo con tal eficacia que incluso fue inaugurada, sufrió de un vandalismo oficial, fruto de una intolerancia apurada y nerviosa, en la medida que el gesto nocturno fue seguramente pensado como un saludo desesperado a ciertos sectores de la opinión pública o proveniente del ámbito de los movimientos partidarios postelectorales. ¿Cómo saberlo si nunca hubo una declaración oficial de parte de la gestión siguiente a la que apoyó este proyecto ganador respetando la convocatoria multiinstitucional de la cuál surgió? 

El árbol, muerto en píe, que él artista encontró y que hizo llevar con mucho cariño y cuidado hasta el lugar escogido, las piezas de metal que el mismo hizo con sus herramientas de escultor, con las cuales este árbol vuelve a cobrar vida más allá de su ciclo de vida natural, todos esos elementos fueron para mi un guiño esperanzador. Y es que en vez de ver un cadáver como escribió alguién en un post sobre este caso en el proyecto micromuseo de Gustavo Buntinx, yo veia claramente ante mi un árbol, que a través de la artificialidad de sus tres nuevas raices metalicas contrapuestas a la textura de la madera y la intensidad de las verdaderas raices ahora visibles para todos, lograba erguirse nuevamente con esa insolencia que solamente aquellos solitarios árboles de pie en zonas urbano -agrestes nos pueden inspirar.Y mientras que sobrevive en mi memoria y en la de aquellos que lograrón verlo, sigue -aunque ya no desarraigado sino ahora desaparecido- a mi modo de ver, siendo un eucalipto en el Óvalo de la Esperanza.

Martin León Geyer, julio 2015.



















Más información sobre el eucalipto que habitó por tres años, entre el 2007 y el 2010 en el Óvalo de la Esperanza puede encontrar en el webblog de Jaime Miranda Bambarén.
Espacios de memoria / espacios de conflicto en www.jaimemiranda.com



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